Por: Jorge Patiño - Comunicador social.
En la política, pocas acusaciones pesan tanto como las de
“oportunismo” o “deslealtad”. Son señalamientos fáciles de lanzar y difíciles
de desmontar, porque no atacan una decisión puntual, sino la integridad misma
de una persona. En un escenario donde las etiquetas suelen reemplazar al
debate, basta un movimiento, un cambio de equipo o una diferencia de criterio
para quedar marcado de por vida.
En una política acostumbrada a los rótulos y a las
trincheras, la evolución suele interpretarse como traición. Pero no todo cambio
es una falla. A veces es crecimiento, a veces corrección, a veces simplemente
la decisión honesta de no seguir un rumbo que ya no se comparte. La verdadera
apuesta, más que convencer a los críticos, es conservar la tranquilidad de la
conciencia y una reputación construida con trabajo y coherencia.
Vale entonces preguntarse, con serenidad, qué es
realmente el oportunismo político. Porque no todo movimiento es oportunismo, ni
toda ruptura es deslealtad. El oportunismo aparece cuando las decisiones no se
toman por convicción ni por principios, sino por pura conveniencia personal:
por un cargo, por una candidatura, por una fotografía útil o por la posibilidad
de mantenerse cerca del poder.
Aunque a veces incómoda aceptar. Evolucionar no es
traicionar. Rectificar no es venderse. En tiempos donde la desconfianza
ciudadana crece, quizá la pregunta no debería ser quién cambió de orilla, sino
quién sigue siendo fiel a algo más importante: sus principios y la gente que lo
eligió.
En estos tiempos de campaña, los ciudadanos deberíamos
hacer un ejercicio honesto de reflexión sobre lo que vemos, escuchamos y
creemos. Pensar con calma en cómo actúan quienes hoy piden nuestro voto y no
dejarnos seducir por los cuentos de los politiqueros que creen sabérselas todas
o que prometen cambiar el país como lo vienen anunciando, sin éxito, desde hace
cuatro años.
Tal vez ha llegado el momento de depurar nuestros propios
círculos sociales y políticos, de tomar distancia de aquellos oportunistas y
desleales que aparecen cada temporada electoral con el mismo libreto de
siempre: promesas de aeropuerto, mejores vías, más salud y hasta menos peajes,
todo envuelto en discursos de esperanza que rara vez se cumplen.
Porque la verdadera transformación no comienza en las
tarimas ni en las redes sociales. Comienza cuando el ciudadano aprende a
identificar quién habla por convicción y quién lo hace por conveniencia. Y en
ese ejercicio de memoria y de criterio está, quizá, la única forma real de
castigar el oportunismo y dignificar la política.
