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No más odio.

 


Por: Jorge Patiño- Comunicador social. 

Escuché a un candidato pronunciar esa frase en medio del ruido habitual de la campaña política: “No más odio”. Lo dijo con vehemencia, casi como quien descubre una verdad profunda. Al escucharlo, no pude evitar pensar que, por una vez, alguien parecía salirse del libreto tradicional de la política criolla, ese que se alimenta de la descalificación, del miedo y de la mentira como herramientas para conquistar votos.


Porque seamos honestos: buena parte de los discursos políticos de hoy están más llenos de promesas imposibles que de realidades. Algunos solo faltan decir que van a construir mares, que van a secar ríos o que mañana mismo desaparecerán todos los peajes del país. Populismo puro. Frases que suenan bien al oído cansado del ciudadano, pero que difícilmente pueden cumplirse. Una cosa es que se cambie el operador de la concesión por 30 años más y otra muy distinta prometer el retiro de peajes como si se tratara de magia. Confundir al elector no es liderazgo: es manipulación.


Muy pocos —levantando la mano arriba a la derecha— logran mantener coherencia entre lo que dicen y lo que realmente pueden hacer. Ojalá esos candidatos que hoy ya se proclaman ganadores se detengan un momento, respiren hondo y entiendan algo elemental: para ganar al público no basta con gritar más fuerte ni con sembrar rabia; los electores merecen respeto. Merecen verdad. Merecen propuestas posibles.


Cada cuatro años escuchamos el mismo libreto y, casi siempre, el resultado es el mismo: más cansancio, más desconfianza y menos fe en la política. Las mentiras, dicen, son uno de los  siete pecados capitales. Tal vez por eso muchos políticos de las falsas promesas deberían ser no solo señalados, sino condenados por traicionar su palabra frente al pueblo. Porque el verdadero odio no nace de la diferencia, sino de la decepción que dejan quienes prometen todo… y no cumplen nada.


Que esos candidatos mentirosos comiencen primero por algo básico: explicarle a la gente cuál es realmente el papel que cumplen un representante a la Cámara o un senador. Que nos hablen de presupuesto, de desarrollo, de proyectos viables, de innovación y de control político. Que nos digan cómo piensan legislar y no solo cómo piensan destruir con promesas falsas. Y, sobre todo, que no nos vendan la imagen de héroes públicos cuando, durante su periodo, prefieren guardar silencio frente al pueblo y hablar únicamente a puerta cerrada, mientras levantan la mano arriba a la derecha para alabar al presidente de turno y votar todo en positivo, sin importar la voz de quienes los eligieron. Porque no hay mayor traición que usar el voto ciudadano para obedecer al poder y no a la gente.

 

El discurso no debería enfocarse en el odio de los extremos políticos, sino en las necesidades reales del pueblo. ¿Serán capaces?



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