Por: Jorge Patiño - Comunicador social.
Por estos días la política local vuelve a recordarnos que no
todo vale. Que no todo lo que se disfraza de “estrategia” es necesariamente
correcto. Y que no todo lo que genera ruido en redes sociales construye
liderazgo.
Un político puede hacer su tarea desde cualquier orilla.
Puede militar en la izquierda, en la derecha o en el centro. Puede defender sus
ideas con firmeza, promover candidaturas de gente buena y honesta, y respaldar
proyectos que —según su criterio— beneficien a la región. Eso es democracia.
Eso es pluralismo.
Lo que no puede hacer es cruzar la línea del respeto.
La reciente controversia protagonizada este fin de semana por un político de
palestina, que como diría las líneas del
Quijote “de cuyo nombre no quiero
acordarme…”, deja más preguntas que certezas. Dentro del ajedrez político
su jugada puede considerarse válida: cambiar de alianzas, redefinir apoyos y
mover estructuras hace parte del juego.
Pero una cosa es mover fichas y otra muy distinta es usar
una fotografía para insinuar lecturas políticas que no existen, exponiendo a
quienes aparecen en ella y sembrando dudas innecesarias.
En un municipio de tradición uribista como Pensilvania,
sugerir que por aparecer en una imagen alguien cambió de línea o responde a
otro sector interno es, por lo menos, imprudente. Más aún cuando en el debate
se mencionan figuras como Óscar Iván Zuluaga, referente firme del Centro
Democrático.
Pero lo realmente sorprendente no fue lo ocurrido este fin
de semana. Esa parece ser, más bien, una estrategia reiterada: ridiculizar a
antiguos amigos personales por no acompañar políticamente. Insinuar, dejar el
mensaje incompleto y permitir que la interpretación haga el resto.
Y eso ya no es estrategia: es mezquindad.
Ahora imaginen ustedes qué pasaría si al protagonista de
este episodio comenzaran a circularle fotografías y videos de cuando decía ser
uribista y, por un cargo político de 16 millones de pesos, pasó a declararse
petrista; o cuando dejó al senador Guido Echeverri por la ambición al poder.
Seguramente alegaría persecución. Hablaría de guerra sucia.
Diría que se trata de tergiversaciones.
Pero la política tiene memoria.
Resulta paradójico que quien hoy juega con las
interpretaciones ajenas haya transitado por distintas orillas según las
circunstancias. Cambiar de pensamiento es legítimo. Cambiar de discurso por
conveniencia es otra cosa.
Él mismo suele repetir que “la lealtad hace familia”. Una
frase bonita. Poderosa. Pero que parece desdibujarse cuando las ganas de poder
pesan más que la coherencia.
A quince días de elecciones legislativas, el reto no es
generar polémica digital. El reto es sumar, construir y convencer. No dividir
ni confundir electores.
Las ansias de protagonismo suelen ser malas consejeras. En
cada elección se repite la historia: ruido que resta, movimientos que desgastan
y estrategias que terminan debilitando más de lo que fortalecen.
Hacer política es un derecho. Defender ideas es una
obligación democrática.
Pero jugar con la amistad, tergiversar mensajes y exponer a
antiguos aliados para ganar atención no es liderazgo. Es oportunismo.
Y en política, el oportunismo casi siempre se cobra en las
urnas.
