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Opinión | Cuando la plaza pública reemplaza al escritorio

 





Por: Jorge Patiño - comunicador social


Lo ocurrido en el parque principal de Palestina durante la más reciente manifestación por el impuesto predial no puede leerse como un hecho aislado ni como un simple acto de inconformidad ciudadana. Lo que allí se vio —y se escuchó— deja entrever algo más profundo: un posible nacimiento de un nuevo actor político de cara las elecciones del próximo año.


El episodio más llamativo fue, sin duda, la intervención de Ángeles Atehortúa, funcionaria activa de la administración municipal, quien desde la plaza pública no solo respaldó las quejas de la comunidad, sino que lanzó duros cuestionamientos contra el alcalde Álvaro Andrés Osorio. Su discurso, cargado criticas y apelaciones emocionales, conectó con un sector de los asistentes, pero también encendió alertas en otros frentes.


Frases como:

“Alcalde, le vendo mi casa”
“Alcalde, a usted no le importa el pueblo”
“Cuando el alcalde dice que estamos desinformando, miente deliberadamente”

marcaron una intervención que difícilmente puede pasar como un simple acto ciudadano. Aquí surge la primera pregunta de fondo: ¿puede una funcionaria pública, en ejercicio de su cargo, participar en este tipo de escenarios y, además, confrontar públicamente a su superior jerárquico?


En Colombia, la respuesta no es absoluta. La ley protege la libertad de expresión, pero también impone límites claros cuando se trata de servidores públicos: el uso del tiempo laboral, la investidura y la posible participación en escenarios con connotación política son factores determinantes. Ángeles Atehortúa habría asistido en horario laboral y sin autorización a un evento público  y político que no está dentro de sus funciones, por lo que podría tratarse de un posible caso de ausentismo laboral o incluso de uso indebido de su rol institucional.


Pero el debate no termina ahí. Durante su intervención, la funcionaria hizo referencias a propiedades del alcalde, lo que abre otra línea de cuestionamiento: ¿de dónde proviene esa información y bajo qué condiciones se utiliza? Aunque los datos sobre bienes pueden ser públicos, su uso desde una posición institucional para sustentar un discurso político puede cruzar una delgada línea ética. Por ello, la funcionaria deberá explicar el origen de esa información, para determinar si se trata del uso de datos institucionales o de afirmaciones sin sustento.


Ahora bien, reducir lo ocurrido a un posible exceso disciplinario sería simplificar el fenómeno. Atehortúa no es una voz improvisada. Con una amplia trayectoria en la administración pública, conocimiento del funcionamiento interno y una evidente capacidad de confrontación, su intervención dejó ver algo más: una figura que comienza a proyectarse políticamente.


Aunque ella misma afirmó:

“Hoy, de mi parte, no tengo ningún interés político”,

su exposición, el tono del discurso y la forma de interpelar al mandatario local han generado lecturas distintas. Algunos analistas locales ya comparan su estilo con el de la periodista y excandidata presidencial Vicky Dávila: directo, confrontacional y con una narrativa que mezcla denuncia y victimización para generar empatía. Una estrategia que, bien ejecutada, puede conectar con el electorado, especialmente en contextos de inconformidad, aunque ese proyecto no durara mucho, cuando la ciudadanía conozca quienes la van a respaldar.


Lo ocurrido en Palestina deja como conclusión que la política local ya empezó a moverse, incluso desde adentro de la misma administración. Queda por establecer si lo de Ángeles fue un acto espontáneo de defensa ciudadana o el primer paso de una aspiración política. Eso lo confirmará el tiempo. Por ahora, lo cierto es que su intervención no pasó desapercibida y puso sobre la mesa una discusión que va más allá del predial: ¿Dónde termina el servidor público y dónde comienza el actor político?

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