Casi un mes después del terremoto que golpeó a Chinchiná, también vale la pena mirar hacia quienes aparecieron en medio de la tragedia sin que nadie los llamara. Cuando muchas familias apenas intentaban entender lo que había ocurrido y otras se levantaban para descubrir que lo habían perdido todo, hubo ciudadanos que decidieron ayudar sin esperar nada a cambio.
La lista es larga y sería injusto mencionar solamente algunos nombres, pero hoy quiero detenerme en Juan Miguel Giraldo, compañero y columnista de La Hora del Café, porque su manera de asumir esta emergencia representa una forma de liderazgo ciudadano que merece ser reconocida.
Su trabajo no ha estado marcado por las fotografías, los videos o la necesidad de mostrar cada ayuda en redes sociales. Ha estado, sencillamente, donde se necesita. Desde las primeras horas acompañó las jornadas de búsqueda de mascotas perdidas después del terremoto y posteriormente se vinculó a los puntos de acopio que surgieron en el municipio.
Con ciudadanos de Chinchiná y el apoyo de la Fundación FUNRECHIP, contribuyó a la elaboración de mercados que llegaron a familias damnificadas en Chinchiná, Pereira, Dosquebradas y Villamaría. Esta semana, además, una gestión con la Fundación Angelitos de Luz y la empresa privada Aris Mining permitió conseguir mercados para damnificados del municipio.
Pero detrás de esas cifras hay algo que me parece más importante, la capacidad de convocar a otros para ayudar. Porque gestionar no es solamente pedir, también es generar confianza para que alguien decida abrir una puerta, aportar un recurso y creer que su ayuda llegará a quien realmente la necesita.
La última vez que conversé con Juan Miguel lo encontré ayudando a una familia en el bazar del Hospital San Marcos. Estaba con algunos amigos y esa escena terminó confirmándome algo que quienes lo conocen desde niño ya saben, que esa disposición para servir no nació con el terremoto.
En una época en la que confundimos con demasiada facilidad el liderazgo con los cargos, las elecciones y la exposición en redes sociales, historias como esta deberían hacernos pensar. Chinchiná necesita jóvenes que entiendan que también se puede liderar desde el servicio, desde la solidaridad y desde la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
El terremoto dejó casas destruidas y una enorme tarea de reconstrucción, pero también mostró que el municipio tiene una ciudadanía capaz de responder cuando uno de los suyos necesita ayuda. Esa solidaridad no debería desaparecer cuando termine la emergencia, porque reconstruir Chinchiná también significa recuperar la confianza y fortalecer los vínculos entre quienes lo habitan.
Juan Miguel es uno de muchos que hicieron su parte, pero su historia merece ser contada porque nos recuerda que el liderazgo no siempre comienza en un despacho ni necesita una tarima. Algunas veces comienza cuando alguien ve que otro necesita ayuda y decide no seguir de largo.

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