Por: Juan Pablo Lotero - Ingeniero Mecatrónico.
Todo el que vive
en el campo caldense conoce la escena: cae el aguacero de la tarde, se
desprende un barranco y al otro día el carro que recoge el café o la leche no
puede pasar. Se llama a la alcaldía, se espera la máquina, y cuando por fin
llega, ya hay otras tres veredas en la misma situación. Así llevamos décadas en
buena parte de Caldas: atendiendo emergencias en lugar de prevenirlas.
Suele decirse que
el problema de las vías terciarias es de presupuesto. Es cierto que la plata no
alcanza, pero hay un problema anterior y más barato de resolver: no sabemos con
precisión qué tenemos, en qué estado está ni dónde va a fallar. Y cuando no hay
información, las decisiones las toma la urgencia o la presión, no la necesidad
real.
Ahí es donde la
llamada tecnología 4.0 deja de ser un discurso de ciudad y se vuelve una
herramienta para el campo. No hablo de inventos costosos, sino de cosas que hoy
están al alcance de cualquier municipio del departamento:
Un inventario
vial con drones. En pocas semanas se pueden recorrer desde el aire los [X] kilómetros
de vías rurales de Caldas, medir anchos, identificar taludes inestables,
cunetas tapadas y alcantarillas colapsadas. Lo que antes tomaba meses de
trabajo en campo hoy queda en un mapa digital, con fotos y coordenadas.
Sensores que
avisan antes del derrumbe. En un departamento de montaña y lluvias intensas como el nuestro,
pluviómetros y sensores de bajo costo instalados en los puntos críticos
permiten saber cuánta agua ha caído y cuándo un talud entra en riesgo. Con eso
se puede mover la maquinaria antes de que la vía se cierre, no después.
Un mapa para
decidir con criterio. Si cruzamos el estado de cada tramo con cuántas familias atiende, qué
se produce allí y por dónde pasan la ruta escolar y el puesto de salud, podemos
priorizar de manera técnica y transparente. Y ese mapa debe ser público, para
que cualquier ciudadano sepa por qué se arregla primero un tramo y no otro.
El campesino como
sensor. Nadie
conoce mejor la vía que quien la camina todos los días. Un canal sencillo, por
WhatsApp, donde la comunidad envíe una foto y la ubicación de un daño,
convierte a cada vereda en parte del sistema de mantenimiento.
Nada de esto
reemplaza a las Juntas de Acción Comunal ni el trabajo de placa huella hecho a
pulso por la comunidad. Al contrario: les da información para gestionar mejor,
para presentar proyectos con datos ante la Gobernación y la Nación, y para
exigir que los recursos lleguen donde se necesitan. Y si los municipios
caldenses comparten la misma plataforma, el departamento podría planear sus
vías rurales como una sola red y no como 27 esfuerzos aislados.
Como ingeniero,
he aprendido que lo que no se mide no se puede mejorar. Las vías rurales de
Caldas no son solo tierra y piedra: son el camino por el que sale nuestro café,
nuestra leche y nuestro plátano, y por el que entran la salud y la educación.
Merecen que las cuidemos con la misma inteligencia con la que hoy se gestiona
cualquier empresa moderna. El futuro del campo no está peleado con la
tecnología; depende de ella.

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