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Opinión | Los resultados políticos de la manifestación por los peajes

 



Por Sergio López Arias - Personero Municipal.


Como reflexión, quisiera orientar la presente columna de opinión hacia los resultados más profundos derivados del ejercicio legítimo del derecho fundamental a la protesta pacífica que durante trece días se desarrolló en el sector del peaje de Tarapacá 2.


Más allá de alegrar a miles de ciudadanos y de generar preocupación en algunos gremios económicos, los verdaderos efectos de esta movilización empiezan a evidenciarse en las reacciones posteriores de la dirigencia política y gremial de Caldas, Risaralda y Quindío. La protesta logró abrir un debate que durante años permaneció reducido a escenarios técnicos y reuniones privadas, alejadas completamente del conocimiento y participación de la ciudadanía.


Hoy, gracias al ejercicio ciudadano, la denominada IP Conexión Centro reconoce públicamente la necesidad de realizar ajustes a la propuesta presentada al Gobierno Nacional. Entre esos cambios se habla de eliminar algunos peajes y reducir las tarifas de otros dentro de un nuevo esquema de alianza público-privada sobre la vía concesionada. En el fondo, esto significa admitir una realidad que durante más de treinta años han padecido miles de ciudadanos: el exceso de peajes y el alto costo de sus tarifas, especialmente para municipios como Chinchiná.


La firmeza de la decisión inicialmente asumida por el Gobierno Nacional frente al rechazo del proyecto IP Conexión Centro hoy es objeto de debate. Sin embargo, existe una realidad incuestionable: en febrero de 2027 finaliza el contrato de concesión con Autopistas del Café, y el Gobierno Nacional deberá definir el modelo jurídico, administrativo y financiero mediante el cual se garantizará la operación, mantenimiento y sostenibilidad futura de este corredor vial estratégico.


El debate no puede reducirse únicamente a la posibilidad de una nueva alianza público-privada. Existen otras figuras jurídicas y administrativas, como la delegación de funciones entre entidades públicas, que podrían permitir una administración regional de la vía y garantizar que una parte importante de los recursos recaudados por los peajes permanezca e impacte directamente a los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío. De lo contrario, existe el riesgo de que dichos recursos ingresen al presupuesto nacional y terminen diluidos entre múltiples necesidades del país, sin una verdadera reinversión regional.


Lo más importante es que esta discusión solo se hizo pública gracias a la manifestación. Antes, según lo expresan diversos líderes gremiales, estos temas se venían socializando en reuniones privadas y a puerta cerrada. No en vano, varios comunicados expedidos recientemente por gremios y sectores económicos afirman que “están atentos a la socialización de los cambios”, dejando en evidencia que modificaciones sustanciales ya venían siendo discutidas sin participación efectiva de la comunidad.


Resulta igualmente interesante analizar la posición de los gremios en cada departamento. En Caldas, pareciera que muchos análisis continúan centrados principalmente en las necesidades de Manizales como capital, dejando en un segundo plano las realidades de la región centro-sur y, especialmente, del municipio de Chinchiná. Para algunos sectores, levantar los peajes de Tarapacá representa un riesgo; sin embargo, surge una pregunta legítima: ¿el verdadero temor es perder un esquema de recaudo o abrir la puerta a una integración regional más fuerte con Risaralda?


En el caso del Quindío, la preocupación gira alrededor de la financiación de obras estratégicas, especialmente en el tramo Calarcá – La Paila. Es entendible que defiendan la continuidad de mecanismos contractuales que permitan ejecutar dichas inversiones. No obstante, también debe comprenderse la inconformidad de Caldas, particularmente de Chinchiná, que durante décadas ha soportado un encierro vial rodeado por cinco peajes que afectan directamente su competitividad, movilidad y desarrollo económico. Una situación similar puede analizarse frente a algunos sectores de Risaralda.


Finalmente, más allá de cualquier diferencia política o gremial, debe reconocerse el resultado alcanzado por este grupo de ciudadanos y líderes sociales, especialmente los provenientes de Chinchiná. A ellos hay que decirles gracias. Pero también debe hacerse una reflexión de fondo: lo logrado no representa el final del camino; apenas es el inicio de una discusión regional que durante años fue aplazada.


Chinchiná, dentro de la mesa de negociación con el Gobierno Nacional, debe defender su propia voz y sus propios intereses. No podemos seguir delegando nuestras necesidades exclusivamente a la dirigencia y a los gremios de la capital. Que Manizales defienda los intereses de Manizales, como históricamente lo ha hecho. Chinchiná merece construir su propio futuro y avanzar hacia la integración regional con Risaralda, una aspiración que durante años ha sido anhelada por amplios sectores ciudadanos.

 

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