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Opinión | ¿Estamos eligiendo presidente o viviendo un reality político?

  






 

Por: Felipe Jaramillo Sánchez – Concejal de Chinchiná.

En un país como Colombia, donde la democracia debería construirse alrededor de propuestas, programas y debates de fondo, hoy pareciera que la política se transformó en un certamen dominado por las emociones, las tendencias en redes sociales y los discursos polarizantes. La discusión pública gira alrededor de simpatías y rechazos personales, mientras los temas estructurales del país pasan a un segundo plano.


Poco o nada se escucha de parte de muchos candidatos sobre cómo enfrentar de manera seria la crisis de seguridad que golpea diferentes regiones, cómo rescatar un sistema de salud cada vez más debilitado, qué medidas adoptar frente al creciente endeudamiento internacional, o cuáles serán las estrategias reales para fortalecer el empleo, impulsar programas de vivienda, mejorar la educación y garantizar inversión social sostenible.


La campaña presidencial parece haberse reducido a una confrontación de extremos. En las últimas semanas, el panorama político prácticamente quedó concentrado en dos grandes bloques: uno que representa la continuidad de un modelo progresista radical desde el establecimiento, y otro identificado con una derecha radical respaldada por importantes sectores económicos y políticos tradicionales del país.


Desde una perspectiva personal, preocupa que ninguno de los principales aspirantes proyecte verdaderamente un perfil de estadista. Gobernar un país no es únicamente construir discursos ni protagonizar debates legislativos. Una cosa es hacer oposición o legislar, y otra muy distinta es administrar el Estado, coordinar equipos, ejecutar políticas públicas y convertir las promesas de campaña en programas concretos.


Gobernar implica pasar del discurso al programa de gobierno; del programa de gobierno al plan de desarrollo; y de allí a la ejecución eficiente de planes, programas y proyectos que transformen realmente los territorios. También exige capacidad para descentralizar el poder, comprender las realidades regionales y generar indicadores medibles que permitan evaluar resultados. Colombia necesita más ejecutores y menos oradores.


La expectativa ciudadana hoy es enorme, pero también peligrosa. La emoción política está encegueciendo a muchos sectores de la sociedad. Independientemente de quién gane, el país parece encaminarse hacia un escenario de mayor fragmentación social y política: divisiones entre regiones, clases sociales e ideologías que podrían profundizar aún más la tensión nacional.


Incluso existe preocupación frente a lo que pueda ocurrir después de las elecciones. El temor a protestas, confrontaciones callejeras o escenarios de inestabilidad institucional comienza a sentirse en distintos sectores. La polarización dejó de ser únicamente un debate político y empieza a convertirse en un riesgo para la convivencia democrática.


Resulta igualmente preocupante el desconocimiento de muchos ciudadanos sobre aspectos básicos del sistema electoral. Hoy todavía hay personas que no comprenden claramente qué significa una primera vuelta presidencial, cómo funciona una segunda vuelta o cuáles son los tiempos constitucionales de transición. Mientras tanto, el próximo 7 de agosto se posesionará un nuevo presidente en medio de un ambiente cargado de incertidumbre.


Si gana el candidato de continuidad, probablemente el país verá una transición tranquila, silenciosa y sin mayores confrontaciones institucionales. Pero si triunfa la oposición, seguramente se abrirá un periodo marcado por investigaciones, señalamientos y disputas políticas alrededor de presuntos hechos de corrupción ocurridos durante los últimos años de gobierno.


A esto se suma otro elemento delicado: la creciente participación política de funcionarios del Gobierno Nacional. Como recientemente lo advirtió el Procurador General de la Nación, varios integrantes del gabinete han terminado involucrados, directa o indirectamente, en actividades de participación política, generando cuestionamientos sobre la imparcialidad institucional en plena contienda electoral.


En medio de este panorama, también empiezan a circular proyecciones y análisis electorales. Un reconocido asesor político se atrevió incluso a publicar estimaciones antes de la primera vuelta presidencial, proyectando los siguientes resultados: Iván Cepeda con el 39 % de la votación (cerca de 8 millones de votos), Abelardo de la Espriella con el 30 % (aproximadamente 6 millones), Paloma Valencia con el 17 % (alrededor de 3,5 millones), Claudia López con el 3 % y el voto en blanco con el 2,5 %.


Finalmente, y siendo coherente con mi posición política como concejal del Partido Liberal, siguiendo orientaciones institucionales y respetando las decisiones colectivas, votaré por Paloma Valencia. Sin embargo, más allá de cualquier afinidad política, considero importante invitar a los ciudadanos a realizar un análisis serio y responsable antes de votar.


No permita que las emociones, los algoritmos o la manipulación mediática decidan por usted. Vote por propuestas, por capacidad, por experiencia y por visión de país. Cada candidato representa intereses distintos, y hoy más que nunca los medios de comunicación y las redes sociales tienen la capacidad de distorsionar la realidad y moldear artificialmente la opinión pública.



Nota final

Llama particularmente la atención que, en el caso de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, sus fórmulas vicepresidenciales, en diferentes escenarios, parecieran mostrar mayor preparación técnica, experiencia administrativa y capacidad de gobierno que los propios candidatos principales que aparecen en el tarjetón electoral.

 

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