La educación después del terremoto

 


 


Por: Juan David Galeano Posada, psicólogo Universidad de Manizales y actual Coordinador Municipal de Educación de la Alcaldía de Chinchiná

El sistema educativo nuevamente se ve expuesto a una experiencia que nos obliga a generar, de manera estratégica, planes de contingencia y alternancia para garantizar la prestación oportuna del servicio educativo.

Es necesario reconocer y valorar la cercanía de la SEDCALDAS, como autoridad departamental en educación de los 26 municipios no certificados del departamento, y su acompañamiento permanente, no solo en el análisis y consolidación de un diagnóstico que va más allá de la revisión de las estructuras físicas, sino también en la comprensión del quehacer pedagógico de cada una de las instituciones educativas.

Sin embargo, esta experiencia nos invita a una reflexión mucho más profunda, especialmente cuando se encuentra en juego la recta final del año escolar 2026.

Una situación tan compleja como la que vivimos a causa del movimiento sísmico del pasado 10 de agosto ha dejado ver el lado solidario, generoso y humano de muchas personas, pero también ha evidenciado comportamientos que nos invitan a reflexionar. Una experiencia como esta nos convoca a la empatía, el respeto, la responsabilidad social y afectiva y, sobre todo, al compromiso ciudadano. Cuando hay tanta destrucción alrededor, es natural esperar que, desde la institucionalidad y la legitimidad de lo público, prevalezca el bienestar colectivo por encima de los intereses particulares o personales.

Desde una perspectiva emocional, es necesario acoger, abrazar y acompañar. Muchas veces, apoyar emocionalmente en circunstancias como estas significa actuar desde la prudencia, la escucha y, en ocasiones, incluso desde el silencio. Hoy las redes sociales generan mucho ruido: tanto quienes hacen el bien como quienes cuestionan, critican o juzgan desde su propia conveniencia encuentran allí un espacio para expresarse. Se ha vuelto común hablar desde lo que creemos conocer, olvidando que detrás de cada realidad existe una historia que merece ser valorada, comprendida y respetada.

También es necesario fomentar la sensibilidad y el sentido de pertenencia. En medio de una experiencia como esta, lo que menos necesitan nuestras instituciones educativas son exigencias adicionales o condiciones que terminen complejizando los procesos. No se trata de vulnerar derechos, sino de comprender que estamos frente a una situación excepcional que nos llama a trabajar de manera colaborativa y cooperativa, poniendo siempre en el centro el bienestar y el bien común de toda la comunidad educativa.

Finalmente, la salud mental y el bienestar emocional deben ocupar un lugar prioritario, incluso antes que el saber pedagógico e intelectual. Es necesario comprender que el miedo y la incertidumbre hacen parte hoy de la realidad de muchos estudiantes, docentes y padres de familia. Por ello, debemos apoyarnos en estrategias que permitan recuperar progresivamente la seguridad y la confianza en el aula, fortalecer la gratitud como un valor esencial en el presente y mantener las exigencias académicas, pero comprendiendo las condiciones psicosociales que estamos atravesando.

Muchos niños, niñas y jóvenes deberán realizar, en tiempo récord, un proceso de adaptación a nuevos espacios y entornos de aprendizaje. De igual manera, muchos docentes han tenido que salir de su zona de confort y resignificar sus prácticas pedagógicas en escenarios diferentes a los habituales.

Pero esta experiencia también nos recuerda algo fundamental: una institución educativa es mucho más que una planta física en buen estado. Es su gente. Son sus docentes trabajando de la mano con sus directivos; son los orientadores escolares llevando mensajes de serenidad, armonía y esperanza; son las familias acompañando; y son los maestros promoviendo el conocimiento con tacto, humanidad y resiliencia, fortaleciendo las habilidades cognitivas, sociales y emocionales de sus estudiantes.

Después de un terremoto, reconstruir las paredes es importante, pero reconstruir la confianza, la seguridad y la esperanza de una comunidad educativa es todavía más importante. La educación también tiene la capacidad de levantarse, adaptarse y transformar la adversidad en una oportunidad para aprender, unirnos y demostrar, una vez más, que la escuela no está solamente en sus edificios: la escuela vive en las personas que la hacen posible.

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